Myreader.co.uk  
uk news, chat and community
   home   |   control panel login   |   archive   |  
 
politics
animals
announce
censorship
constitution
crime
drugs
economics
electoral
environment
guns
misc
parliament
philosophy
  
 
date: Mon, 4 Dec 2006 01:25:40 +0000 (UTC),    group: uk.politics.environment        back       
(IVÁN): OBEDIENCIA A DIOS   
Sábado, 02 de diciembre, año 2006 de Nuestro Salvador 
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica 


(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)

 
OBEDIENCIA A DIOS  

El Señor Jesucristo es la única obediencia perfecta, que 
complace al corazón de nuestro Padre Celestial y de su 
Espíritu Santo, cuando entra por el espíritu de fe, en el 
corazón del ángel del cielo y de todo hombre, mujer, niño y 
niña de la humanidad entera. Porque el Señor Jesucristo "es 
la vida perfecta" de la Ley de Dios; o muy bien podríamos 
decir, que la Ley es el Señor Jesucristo, cumplida y 
sumamente honrada, en el cielo y en la tierra, para que la 
voluntad de Dios se haga en la tierra, para siempre, así como 
en el cielo.

Y sin el Señor Jesucristo, en la vida del ángel del cielo o 
del hombre del paraíso o de la tierra, entonces deja de 
existir para Dios, en su vida celestial del reino de los 
cielos, hasta que recapacite su corazón y acepte a su dador 
de la vida, su Árbol de vida infinita, su Hijo amado, el 
Cristo. Porque todo ángel del cielo sin Cristo Jesús en su 
vida, entonces sea perdido en las tinieblas de su propio 
corazón. Y lo mismo le sucedió a Adán y a cada uno de sus 
descendientes, comenzando con Eva, por que Eva fue quien 
gusta primero del fruto prohibido del árbol de la ciencia, 
del bien y del mal, para mal de muchos en toda la humanidad 
infinita, de Dios y de su Espíritu Santo, por ejemplo.
 
Por ello, la misericordia de nuestro Padre Celestial es para 
los que le aman a él, por medio de su Árbol de vida, desde la 
eternidad y hasta la nueva eternidad, de su nueva vida 
infinita, en su gran ciudad celestial, La Jerusalén Santa y 
Eterna de su gran rey Mesías, ¡el Cristo de Israel y de la 
humanidad entera! Porque todo aquel que ama su Ley, entonces 
también ama de todo corazón a su Hijo amado, "el Cordero 
Escogido de Dios y de Moisés" para ponerle fin al pecado, del 
hombre en toda la tierra, de hoy en día y de siempre, en la 
nueva eternidad venidera. 

Por eso, su justicia infinita de su Hijo, es para los hijos 
de los hijos de los que guardan su amor en sus corazones, 
para poner por obra sus mandamientos eternos, en la tierra, 
para sanar al enfermo y levantar al caído y así entonces se 
regocijen en sus corazones, en el nombre sobrenatural de su 
gran salvador celestial, Jesucristo. Porque Dios ha enviado a 
su Ley Santa a la tierra, para que su pueblo se regocije en 
ella y en sus muchas bendiciones de sanidad y de salvación 
infinita, durante sus días de vida por la tierra y en el 
paraíso también, para miles de siglos venideros, en el más 
allá. 

Ya que, la verdad es que la Ley de Dios es "gozo eterno" para 
su corazón y para el corazón de cada uno de sus ángeles, 
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, de su 
reino celestial, como todo hombre, mujer, niño y niña, 
redimidos por la obediencia al pacto de la sangre bendita, de 
su Hijo amado, el Señor Jesucristo. Porque este pacto de 
sangre divina y de la Ley Sagrada de nuestro Dios es para 
vida eterna, en el corazón y en el alma viviente de todo 
ángel del cielo y para todo hombre de toda la tierra, 
también. 
 
Es por eso, que nuestro Dios siempre le ha "urgido al 
hombre", de buena fe y de buena voluntad, de siempre leer su 
palabra santa, para que sus protecciones y sus muchas 
bendiciones, de los lugares altos de los cielos y de la 
tierra, jamás le falten en su vida a él o a los suyos. Y esto 
ha de ser por siempre día y noche, en todos los días de su 
vida en la tierra y hasta que entre de lleno finalmente, al 
nuevo reino de los cielos, por ejemplo, en el más allá de 
Dios y de su Árbol de vida infinita, ¡el Señor Jesucristo! 

Ciertamente, el mundo y su vida rebelde a su Dios y a su 
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, están pasando, 
pero no así con la palabra de Dios. Porque "la verdad y la 
justicia" de la Ley de Dios no ha de pasar jamás, sino que 
han de seguir viviendo por los siglos de los siglos, en los 
corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas, que han 
recibido en sus vidas a Jesucristo, como su único redentor 
posible, en esta vida y en la venidera, también. 

Porque en la nueva vida infinita, sólo el espíritu de 
obediencia: a la verdad y a la justicia de la Ley, realmente 
ha de existir por siempre, en los corazones de los fieles, al 
nombre sagrado del Señor Jesucristo, como siempre ha sido a 
través de los siglos, en los corazones de todos los ángeles, 
del reino de los cielos. Y si la Ley de Dios ha de permanecer 
para siempre, como su Árbol de vida eterna en la tierra y en 
el cielo, también, por ejemplo, entonces tú también has de 
permanecer por siempre en la nueva era venidera, del nuevo 
reino de Dios. 

Puesto que, Jesucristo vive en ti y Dios te ama de todo 
corazón por todo ello, en tu vida terrenal y en tu nueva vida 
celestial, con Cristo Jesús, único posible salvador de Israel 
y nuestro también, hoy en día y por siempre, en la nueva 
eternidad venidera de Dios y de sus huestes celestiales, en 
el más allá. Porque la verdad es que en esto sabemos muy bien 
en nuestros corazones, sin duda alguna, de que amamos a 
nuestro Padre Celestial, solamente si es que amamos de buen 
corazón su Ley Viviente en nuestras vidas, por más viles o 
pecadores que hayamos sido (o que seamos) en toda la tierra, 
por ejemplo. 

En vista de que, nuestro Padre Celestial no vino al mundo a 
salvar a los justos solamente, sino a los pecadores primero. 
Y tú mismo, como los demás, mi estimado hermano y mi estimada 
hermana, has nacido "en el pecado original de Adán y de Eva", 
por ejemplo, para morir como el más vil pecador de todos los 
pecadores de toda la tierra, del ayer, de hoy y de siempre. 
Por lo tanto, necesitas del perdón de Dios, para entrar a la 
vida eterna, del reino de los cielos, desde hoy mismo, si tan 
sólo te "humillas" ante Él, en el espíritu y en la verdad 
única de su nombre salvador y sobrenatural, el nombre de su 
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Dado que, sin la obediencia a Cristo Jesús en tu corazón, 
entonces has de morir, para jamás volver a ver la vida 
eterna, en el más allá, como en el nuevo reino de los cielos 
o La Nueva Jerusalén Santa e Infinita de Dios y de su gran 
rey Mesías de tu vida y de la humanidad entera, por ejemplo. 
Y, además, no dejes que Satanás te robe tu bendición, como lo 
hizo en su día de gran maldad, no sólo a una tercera parte de 
los ángeles caídos, sino que también le hizo lo mismo a Adán 
y a cada uno de sus descendientes, para que se perdiesen y 
muriesen en el espíritu de su pecado y rebelión eterna. 

Como sucede hoy en día, por ejemplo, en muchas naciones de la 
tierra, que aun no han llegado a gustar todo lo bueno y todo 
lo grandioso que es tener el nombre del Señor Jesucristo 
viviendo en sus corazones, para que tengan por siempre: "el 
espíritu que obedece, que honra y que cumple" la Ley de Dios 
en todo tiempo. Por lo tanto, el que dice que conoce a Dios, 
pero no guarda sus mandamientos, entonces miente para que su 
alma se pierda en su propia maldad eterna, en la tierra y en 
el más allá, como en bajo mundo de los muertos, por ejemplo. 

Y el alma del pecador se ha de perder, porque la verdad de 
Dios y de su Jesucristo no está en Él, de ninguna manera ni 
menos de ninguna forma, tampoco, en esta vida ni en la 
venidera, también, para siempre. Entonces el que guarda el 
nombre del Señor Jesucristo en su corazón, no se perderá 
jamás entre las llamas del infierno, sino que ha de vivir por 
siempre, porque el nombre del Señor Jesucristo y su Ley Santa 
viven en él, cumplidas y honradas en perfecta obediencia 
infinita a su Dios y hacia su vida eterna, en el cielo. 

Además, su alma vivirá, por más pecador o vil que haya sido 
su vida en la tierra, porque tanto Dios y como su Ley Eterna: 
le perdonan cada uno de sus pecados por amor a Jesucristo, 
para que sea santo y obediente por siempre para su Dios y 
para la eternidad celestial del nuevo reino de los cielos, 
por ejemplo. Porque la verdad es que para Dios, el que ama a 
su Jesucristo en su vida, entonces su amor se ha 
perfeccionado en él o en ella, para siempre, en la tierra y 
en el paraíso, también (aunque todavía no haya ascendido a la 
vida celestial y perfecta del reino de los cielos). 

Y esto es verdad en todo hombre, mujer, niño y niña, durante 
su vida por la tierra y hasta que entre por fin con su 
corazón "obediente" a la Ley, a su nueva vida infinita, en el 
más allá, en el nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como 
la nueva ciudad celestial del gran rey Mesías, ¡el Señor 
Jesucristo! Es por eso, que para Dios todo aquel que tiene al 
Señor Jesucristo viviendo en su corazón, entonces ha cumplido 
toda obediencia perfecta de la Ley y del corazón santísimo de 
su Dios y Fundador de su vida, en la tierra y en el cielo, 
también, para su nueva vida celestial, en el más allá. 

En otras palabras, el hombre "sólo le puede obedecer a su 
Dios, por medio de su Hijo amado, su Árbol de vida infinita", 
¡el Señor Jesucristo! (Ésta es una Ley espiritual del corazón 
de Dios y del hombre de la tierra inquebrantable para la 
eternidad.) Y fuera del Señor Jesucristo, entonces nadie 
jamás podrá obedecer a Dios en su totalidad para recibir sus 
bendiciones y su salvación infinita de su alma viviente, en 
la tierra y en el paraíso, también, de Adán y Eva, por 
ejemplo. 

Es por eso, que en la antigüedad el profeta Samuel les 
pregunta abiertamente a todo el gentío de Israel, 
diciéndoles: ¿Acaso se complace Dios en sus muchos 
sacrificios y holocaustos, de miles de carneros, toros, 
becerros y corderos sobre su altar terrenal, antes de que su 
nombre y su palabra sean oídos y respetados en sus corazones? 
(La gente le oía de buena gana de sus corazones, a la 
amonestación del profeta, y no le decían nada; porque 
simplemente jamás le habían hablado así a ellos de parte de 
Dios, por tanto, no sabían como responderle.) 

Además, la verdad es que sólo los que oyen la voz "de aquel" 
que le hablaba a Moisés de entre el fuego, de la zarza sobre 
el Sinaí, ha de complacer a Dios, mucho más que todos los 
fuegos de los sacrificios y de los holocaustos sobre su altar 
terrenal y celestial, también. Porque aquel quien le hablaba 
a Moisés, desde entre el fuego de la zarza que ardía, pero no 
quemaba nada en su derredor, era ni más ni menos el mismo 
Hijo de David, el Cristo, el único posible salvador de Israel 
de la antigüedad y de todos los tiempos, también. 

Por lo tanto, tanto para Samuel y cada hombre, mujer, niño y 
niña de la antigüedad y como hoy en día, también, por 
ejemplo, que oiga a la voz del "Cordero Escogido de Dios y de 
Israel" y obedezca su voz, entonces ha complacido a su Dios, 
para bien de su alma eterna y de los demás, también. Es 
decir, que ha cumplido toda verdad y toda justicia necesaria 
en su vida delante de su Dios y Fundador de su vida 
celestial, mucho más que todas las verdades y las justicias 
de los fuegos habidos (y por haber), de los sacrificios y de 
los holocaustos de sangre de Israel y de la humanidad entera, 
por ejemplo. 

En otras palabras, el obedecer a la voz del Árbol de vida o 
de la voz que se levantaba de entre el fuego de la zarza, sin 
hacer daño alguno en sobre el Sinaí, sino que tocaba el 
corazón del hombre hasta que arda para que entienda su 
llamado para redimirlos de sus males eternos, es muy 
grandioso para Dios. Es decir, también, que el obedecer a la 
voz del Señor Jesucristo es mucho más agradable y honorable 
para Dios, que todos los sacrificios y holocaustos de la 
humanidad entera, para honrar y para exaltar toda verdad y 
justicia divina, en la tierra y en el reino de los cielos, 
para siempre. 

Ahora, si el Señor Jesucristo ya es parte de tu corazón y de 
toda tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
entonces has llegado hasta lo más alto y sublime del espíritu 
de obediencia para Dios y para su Espíritu Santo con sus 
huestes angelicales de su nuevo reino celestial, del más 
allá, por ejemplo. Es decir, también, que con Jesucristo en 
tu vida, entonces más obediente para Dios ya no podrás ser; 
en verdad, habrás llegado hasta el tope de obedecer a Dios, 
para que comience Él entonces a bendecir tu vida en muchas 
formas espirituales y terrenales, día y noche y por siempre, 
en su nuevo reino de los cielos, por ejemplo. 

Es por eso, que para Dios "el obedecer" a su Jesucristo es 
más grandioso en tu corazón, como en su corazón santísimo, 
que todos los sacrificios y holocaustos fenomenales y 
grandiosos de la antigüedad y de toda la humanidad entera, de 
nuestros tiempos, por ejemplo, para honrar y para cumplir la 
voluntad perfecta y salvadora de Dios en tu vida. Y esta 
voluntad perfecta de Dios en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, en la tierra y en el paraíso, también, para 
siempre, mi estimado hermano y mi estimada hermana, es que le 
ames sólo a él, como amarías por siempre a su Ley Bendita en 
tu corazón y en toda tu vida infinita. 

Por esta razón, en tu corazón tienes que por siempre obedecer 
al nombre santo de su Jesucristo, para cumplir todo 
sacrificio y toda justicia celestial de nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos. Porque el obedecer a su 
Jesucristo es mayor que toda las buenas obras de los ángeles 
del cielo y de los hombres y mujeres de buena fe y de buena 
voluntad, de toda la tierra, de hoy en día y de siempre. 

Y, además, el prestar atención a su palabra es por igual 
mayor y aun más glorioso que todas las glorias infinitas del 
reino de los cielos y de toda la tierra, también, porque 
bendice el corazón santo de Dios mucho más que todo lo 
glorioso del cielo y, por ende, salva tu alma del poder de la 
muerte. Por eso, no olvides jamás en tu corazón su Ley Santa, 
mi estimado hermano y mi estimada hermana, para que tus días 
sean largos y llenos de todo bien de la tierra y de sus 
cielos glorioso, de su Espíritu Santo y de nuestro Padre 
Celestial, ¡el único Todopoderoso de Israel y de todas las 
naciones de la tierra!


EL QUE AMA LA LEY, AMA A DIOS

El Señor Jesucristo nos ha prometido abiertamente, de que 
todo aquel que tenga sus mandamientos y los guarde en su 
corazón, entonces Él es quien verdaderamente le ama. Y el que 
le amase de todo corazón, entonces será también amado por su 
Padre Celestial que está en los cielos, y él mismo lo amará y 
se manifestaré a Él, en cualquier momento y en cualquier 
lugar de toda la tierra, con tan sólo invocar su nombre 
bendito con sus labios. 
 
Y el mandamiento del Señor Jesucristo ha sido desde siempre, 
de que lo amemos a él, al tan sólo creer en sus palabras y en 
sus obras santas, en nuestros corazones, al confesar su 
nombre bendito con nuestros labios, delante de Dios y de sus 
ángeles santos que están en los cielos, por ejemplo. Porque 
tanto nuestro Dios, como sus santos ángeles, vive en la vida 
santa del reino de los cielos, siempre esperando por la 
alabanza y la honra de su nombre santo, de los labios de cada 
uno de nosotros, de los que le hemos recibido en nuestros 
corazones y en nuestras vidas, también, a su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo. 

Porque el Señor Jesucristo es "el perfecto mandamiento de 
Dios" a cumplirse en el corazón y en la vida de cada ángel 
del cielo y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de 
la humanidad entera, de hoy en día y de siempre, en el más 
allá, en su nueva vida infinita de su nuevo reino celestial. 
Por lo tanto, nosotros estamos llamados por nuestro Dios 
mismo, así como los ángeles del reino, por ejemplo, ha 
honrarlo, fieles y obedientes por siempre en la tierra y en 
el reino de los cielos, desde hoy mismo y como siempre, en la 
eternidad venidera, sólo en la vida justa y perfecta del 
Señor Jesucristo. 

Y esto ha de ser por siempre verdad con cada uno de nosotros, 
de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad 
entera, en la tierra y en su nuevo más allá, de su Espíritu 
Santo y de su Árbol de vida infinita, como siempre ha sido 
también para todos los ángeles del reino de los cielos. Por 
lo tanto, el que no ama a Dios, entonces jamás podrá amar 
verdaderamente a su Jesucristo; porque el que ama a 
Jesucristo entonces está amando a su Dios y Creador de su 
alma viviente, en esta vida y en la venidera, también, como 
en su nueva vida infinita de su gran ciudad celestial, La 
Nueva Jerusalén Santa y Eterna. 

Además, todo aquel o toda aquella que no ame a su Hijo amado, 
el Señor Jesucristo, entonces para Dios ha de estar 
cometiendo una vez más "el mismo pecado que Eva y Adán 
cometieron en el paraíso", por ejemplo. Y esto sucedió, en el 
día que comieron de las palabras de Lucifer en el paraíso, en 
vez de comer de las palabras, de su Hijo, su único Árbol de 
vida, el Señor Jesucristo, para bendición y para salvación 
eterna de sus almas vivientes y de sus descendientes, 
también, para miles de generaciones venideras, en la nueva 
eternidad celestial. 

Y Dios ya no desea ver éste mismo pecado de Adán y de Eva, 
por ejemplo, volverse a cometer con ninguno de sus 
descendientes, en la tierra ni menos en el más allá. Porque 
todo hombre, mujer, niño o niña, de los que vuelvan a cometer 
el mismo pecado de Adán, entonces han de morir 
irremisiblemente en su maldad, en su rebelión eterna hacia Él 
y hacia su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo; pues 
perdidos eternamente y para siempre, descenderán entre las 
llamas de la ira de Dios en el infierno. 

Es por esta razón, de que Dios no ha deseado jamás que nadie 
vuelva a comer del fruto prohibido del árbol de la ciencia, 
del bien y del mal, para que su cuerpo y su alma viviente 
jamás comiencen a morir. Como los cuerpos y las almas eternas 
de Adán y de Eva, por ejemplo, comenzaron a morir en el 
paraíso, en el día de su gran rebelión ante Él y ante su 
Jesucristo, su fruto de vida infinita. 

Además, esto sucedió con Adán y con cada uno de sus 
descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo, al no gustar 
de Él, como la palabra de Dios, como el verbo de Dios, se les 
había ordenado, desde el comienzo de todas las cosas, para 
que sus cuerpos y sus espíritus humanos sean llenos de la 
nueva vida infinita. Y así no mueran jamás confundidos en las 
palabras mentirosas y llenas de muerte eterna, del pecado y 
de la rebelión eterna de Lucifer y de sus ángeles caídos, por 
ejemplo. 

Pero aunque todo esto es verdad, la promesa de Dios, de amor 
y de fidelidad infinita, aun permanece firme hasta nuestros 
días, por ejemplo, para con cada uno de todos nosotros, en 
nuestros millares, de todos los hombres, mujeres, niños y 
niñas, en todos los lugares de la tierra. Y esto es que el 
Señor Jesucristo nos amara, eternamente y para siempre, como 
siempre ha amado a su Padre Amado, el Todopoderoso de la 
humanidad entera, si tan sólo le somos fieles a Él y a su 
nombre, con nuestros corazones y con nuestros labios, en la 
tierra y en el paraíso, también, como en su nuevo reino 
celestial. 

Si, así es mi estimado hermano y mi estimada hermana, es 
promesa eterna de nuestro Dios: Todo aquel que ame al Señor 
Jesucristo, entonces será amado por Él mismo con todos los 
poderes sobrenaturales de su corazón santísimo. Y si su amor 
es verdadero en su corazón humano para con su único Dios 
Celestial, entonces Jesucristo se ha de manifestar en su 
vida, una y otra vez y por siempre, en su nueva vida infinita 
del nuevo reino de Dios y de sus huestes angelicales y de 
hombres, mujeres, niños y niñas, eternamente fieles a su 
nombre sagrado. 

EL QUE HACE LA VOLUNTAD DE DIOS ES HERMANO, HERMANA, DE 
CRISTO

Porque cualquiera que hace la voluntad de nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos, entonces ése es el hermano, 
la hermana y hasta la misma madre de nuestro Señor 
Jesucristo, en la tierra y en el paraíso, para siempre. Es 
por eso, que hasta el pecador o la pecadora más vil de toda 
la tierra, si se arrepiente de su pecado, entonces tiene su 
vida asegurada en el espíritu de la sangre bendita, de 
nuestro salvador eterno, ¡el Señor Jesucristo! 

Y el Señor Jesucristo no ha rechazado jamás a ningún pecador 
o pecadora que se haya acercado a Él, para recibir de su 
perdón y de sus muy ricas y gloriosas bendiciones de su vida 
inmaculada y de la vida misma del Espíritu Santo, de nuestro 
Padre Celestial. Por lo tanto, ésta es la voluntad perfecta 
de nuestro Dios para todo hombre, mujer, niño y niña de la 
humanidad entera, de que crean en sus corazones y así 
confiesen con sus labios en el espíritu de obediencia 
perfecta a su Dios, de que el Señor Jesucristo es su Hijo, 
para alcanzar y cumplir mayores santidades en su vida. 

Dado que, todo el que crea en el nombre y en la vida gloriosa 
de su Hijo amado, entonces ha de tener su salvación celestial 
asegurada en esta vida y en la venidera, también, como en la 
nueva ciudad celestial del más allá, La Nueva Jerusalén Santa 
y Eterna de su gran rey Mesías, el Señor Jesucristo. Y esta 
ciudad santa del gran rey Mesías, sólo habitaran hermanos, 
hermanas y madres obedientes a Dios, por medio de nuestro 
Señor Jesucristo. Porque en el día que Dios crea al hombre y 
a la mujer, fue para que ellos fuesen transformados, en un 
momento de fe y de oración, en su nombre sobrenatural y 
redentor, en hijos e hijas de su prado celestial, es decir, 
en hermanos, hermanas y madres eternas de su Árbol de vida, 
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Puesto que, en el reino de los cielos sólo se hace la 
voluntad perfecta de Dios. Y el único que realmente ha sabido 
hacer la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial ha sido 
el Señor Jesucristo, desde siempre y hasta nuestros tiempos, 
también, en tu mismito corazón humano y hasta imperfecto por 
culpa del pecado de Adán y Eva, mi estimado hermano y mi 
estimada hermana. Es por eso, que Dios es tan feliz de su 
Jesucristo y lo llama sin tener ninguna vergüenza de él, en 
su único Hijo Santo, en la tierra y en el cielo, para 
siempre. 

Pues así mismo Dios también ha deseado desde siempre en 
llamar a todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, su hijo amado o su hija amado. Pero nada de esto es 
posible en ninguno de ellos, por más santa que haya sido su 
nacimiento, su vida y hasta su muerte final en la tierra, si 
Cristo no ha llegado a su corazón, para tocar y bendecir su 
alma viviente con su sangre y con su nombre santísimo y 
eternamente honrado. 

Porque es sólo el fruto divino de su Árbol de vida eterna, 
que realmente cambia, transforma, llena la vida del ángel, el 
alma viviente del hombre de la humanidad entera, para que 
viva para ver la vida y a su Dios eterno. (Porque nuestro 
Padre Celestial no es un Dios de muertos, sino de vivos.) Y 
sin Cristo, entonces ningún ángel, arcángel, serafín, 
querubín, hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera, 
podrá jamás ser lleno de vida y de santidad perfecta delante 
de Dios, en la tierra y en el reino de los cielos, hoy en día 
y por siempre, en la eternidad venidera. 

Es más, fue por esta razón, que Lucifer y cada uno de sus 
ángeles caídos, comenzaron a perder sus vidas celestiales, 
delante de Dios y de su Espíritu Santo, porque Jesucristo ya 
no estaba en ellos. (Pues ninguno de ellos ya no tenía valor, 
como cuando fueron creados por la palabra de Dios. Pero 
ahora, eran de la palabra del fruto prohibido del árbol de la 
ciencia del bien y del mal, para mal eterno de sus espíritus 
para siempre, en el infierno, en donde mora la palabra de la 
gran mentira y la gran decepción.) 

Por lo tanto, por más santos que hayan sido en sus espíritus 
celestiales, por muchos siglos en el reino de Dios, si Cristo 
ya no es parte de su corazón y de sus vidas celestiales, 
entonces no tienen ningún valor de santidad, de perfección y 
de amor delante de Dios y de sus huestes de ángeles santos 
del reino. Y entonces ya no tienen razón alguna para seguir 
viviendo sus vidas indiferentes, a la vida sagrada del Señor 
Jesucristo, en el reino de los cielos o en toda la tierra. 

Es por eso, que Lucifer, sin Cristo en su vida, entonces ya 
no pensaba bien, sino sólo mentira (como si hubiese sido 
creado por las palabras de mentira por un diablo más diablo 
que él mismo, su nombre inicuo, Lucifer). Es más, Lucifer 
sólo pensaba en su corazón perdido en las tinieblas de 
exaltar su nombre inicuo más alto que el nombre sagrado de su 
Hijo amado, el Señor Jesucristo. Y como una tercera parte de 
los ángeles del cielo creyeron en sus corazones, de que 
Lucifer si podía exaltar su nombre inicuo más alto que el 
nombre de su Creador, entonces también pecaron y se perdieron 
eternamente y para siempre en las tinieblas de éste horrendo 
pecado mortal para cada uno de ellos, para la eternidad. 

Pecado mortal de Lucifer y de sus ángeles rebeldes, el cual 
ya no tiene perdón para Dios en su corazón santo, para 
ninguno de ellos, en toda su creación, en esta vida y en la 
venidera, también, para siempre. Entonces habiendo dicho lo 
anterior, pues vemos claramente aquí, seres vivientes, seres 
creados, por la palabra de Dios, que en su día fueron santos 
delante de Dios, pero como rehusaron hacer la voluntad 
perfecta de Dios en sus corazones, entonces se perdieron en 
sus profundas tinieblas, para abandonar la vida santa del 
cielo por la del infierno candente y tormentoso. 

Pues esté es el mismo final de todo pecador y de toda 
pecadora, que ha rehusado creer en su corazón en el nombre 
del Señor Jesucristo y ni tampoco le ha confesado con sus 
labios, para gloria y para honra infinita de nuestro Padre 
Celestial que está en los cielos, por ejemplo. Ahora mis 
estimado hermano y mi estimada hermana, si la voluntad 
perfecta de Dios, por la cual te ha creado con sus manos 
santas, para que hoy en día viva tu alma eterna, ha de ser 
para que recibas vida en abundancia en su Hijo amado, 
viviendo en tu corazón, entonces ¿qué esperas para dejarlo 
entrar en tu vida? ¿Qué es lo que no te deja hacer lo 
correcto delante de tu Dios y Creador de tu alma viviente? ¿
Será el espíritu rebelde de Lucifer en tu corazón? ¿O quizás 
sea tu corazón desobediente a su nombre santo, Jesucristo?

Sea lo que sea, jamás podría ser algo mayor o mejor que Dios, 
en todo lo que es tu corazón hoy en día o en la eternidad. 
Por lo tanto, tú mismo tienes el poder y la voluntad propia 
de dejar a un lado, aquello que te obstaculiza recibir a 
Jesucristo en tu corazón, para entonces hacerlo, en un 
momento de fe y de oración, en el nombre amado de Dios, el 
Señor Jesucristo, tu único salvador de tu vida, para siempre. 
Y sólo así entonces tú comiences a vivir tu vida, tal cual 
Dios te ha llamado, desde las profundas tinieblas de la 
tierra y del más allá, para que vivas delante de él y de sus 
huestes de ángeles santos, en la tierra y en su nuevo reino 
de los cielos, también, para siempre.

EL QUE SE OFRECE A SERVIRLE A OTRO, ESCLAVO DE ÉL ES

En verdad, en el nuevo reino de los cielos sólo han de vivir, 
con Dios y con sus huestes de ángeles santos, los que aman a 
su Árbol de vida eterna, su Jesucristo, el Santo de Israel y 
de las naciones del mundo entero. Es por eso, que el que vive 
por el pecado, entonces es siervo del mal eterno y ciudadano 
o ciudadana perfecta del bajo mundo de los muertos, el 
infierno. En otras palabras: ¿No saben que cuando se ofrecen 
a alguien para obedecerle como esclavos, son esclavos de 
aquel que obedecen, ya sea del pecado para muerte o de la 
obediencia para justicia y vida eterna? 

Pues entonces no sean como Adán y Eva en el paraíso, por 
ejemplo, porque desde el principio de la humanidad entera, 
ambos comenzaron a obedecer al fruto prohibido del árbol de 
la ciencia, del bien y del mal, Lucifer, cuando Dios mismo 
los había llamado a obedecer tan sólo al fruto de vida 
eterna, el Señor Jesucristo, para que vivan. Para que 
entonces no sólo Adán y Eva viesen la nueva vida eterna en el 
paraíso y en toda su nueva creación celestial, sino también 
cada uno de sus descendientes, en sus millares, como tú y yo 
hoy en día, en todo el reino de los cielos y por toda la 
tierra, de nuestros días y de siempre, por ejemplo. 

En otras palabras, también, podríamos muy bien decir, y sin 
equivocarnos, de que Dios había creado al hombre, a la mujer, 
al niño y a la niña, ha ser siervos y esclavos eternos de su 
Árbol Viviente, su Hijo, el Señor Jesucristo, para que 
entonces viviesen eternamente, sin jamás ver la muerte, en la 
tierra ni menos en la eternidad. Porque nuestro Dios es un 
Dios de vida y de los que viven y no de los muertos, de los 
que ser pierden para siempre, para luego morir en su segunda 
muerte infinita, en el lago de fuego, en el más allá, por 
ejemplo. 

Pero Adán jamás entendió ésta gran verdad infinita en su 
corazón, para complacer a su Dios en cada una de sus palabras 
y en cada momento de su vida santa, delante de ellos mismos y 
de sus millares de descendientes por venir, en generaciones 
venideras del más allá, por ejemplo, del paraíso y hasta de 
la tierra, de nuestros tiempos, también. Porque Dios había 
creado tanto a Adán como a cada hombre, mujer, niño y niña de 
la humanidad entera, de hoy y de siempre, para que fuesen 
transformados "en siervos y esclavos de la verdad y de la 
justicia infinita, de la vida eterna del reino de Dios", sólo 
posible en la vida sagrada de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! 

Puesto que, sin el Señor Jesucristo, en el corazón del ángel 
del cielo o del hombre del paraíso o de la tierra, entonces 
no hay verdad alguna, ni menos justicia infinita para agradar 
a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. 
Entonces para Dios, el ángel sin Cristo es un diablo (lo 
vemos en Lucifer y en sus ángeles rebeldes, también); y, de 
la misma manera, el hombre o la mujer sin Cristo es igual a 
un diablo (como Adán o como Eva), para destrucción eterna, en 
su segunda muerte, en el lago de fuego, que arde 
violentamente con azufre eterno. 

Es por eso, que a nuestro Padre Celestial jamás le ha agrado 
cuando ve al hombre o a la mujer, por ejemplo, entregarse a 
otra gente para servirles, como si fuesen sus esclavos 
personales para ayudar hacer más maldad y pecados en contra 
de Dios y de la gente en la tierra. Porque Dios no los ha 
creado en sus manos santas a ninguno de ellos, para que les 
sirvan a quienes no le aman a él ni a su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, sino todo lo contrario. 

Dios ciertamente los ha llamado, de las entrañas de la 
tierra, para que sean santos, tan santos como él y como su 
Hijo amado, para que le sirvan por siempre sólo a Él, en el 
reino de los cielos y en toda la tierra, también, hoy en día 
y por siempre, en la eternidad venidera. Por esta razón, mis 
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, no se entreguen 
a las voluntades perdidas o de maldad de la gente que no ha 
conocido jamás a Dios en sus corazones, ni le han honrado con 
sus labios ni menos en sus vidas. 

Porque hay mucha gente, en el mundo, que solamente buscan el 
bien para ellos, por capricho o por egoísmo, y no para los 
demás o para glorificar a Dios y a su Jesucristo en sus 
vidas. Y esto no es del Espíritu de Dios, del Árbol de la 
vida eterna, el Señor Jesucristo, sino del espíritu de maldad 
del fruto prohibido, del árbol de la ciencia, del bien  del 
mal, Lucifer o de alguno (o algunos) de sus ángeles caídos, 
por ejemplo, para que la maldad y el pecado se incremente en 
toda la tierra. 

Por cuanto, el que ama a Dios, entonces siempre desea el bien 
para su vida y para los demás también, no importando jamás la 
persona (o personas) que le rodeen, en cualquier momento de 
su vida o en cualquier lugar de toda la tierra. Porque la 
verdad es que Dios está obrando en el corazón y en la vida de 
aquel hombre o de aquella mujer, para alcanzar bendiciones 
terrenales y celestiales para su vida y para la vida de los 
demás, también. 

Y esto le agrada mucho al corazón santo de Dios y de sus 
ángeles del reino de los cielos, por ejemplo. Porque la 
verdad y la justicia infinita del fruto de vida eterna, el 
Señor Jesucristo, el único Árbol de la vida de todo ser 
viviente del cielo y de la tierra, entonces son propagadas y 
engrandecidas en gran medida espiritual, para gloria y para 
honra infinita de nuestro Padre Celestial que está en los 
cielos. Y esta acción de fe, en el corazón de cada hombre, 
mujer, niño y niña, de todas las familias de la tierra, es lo 
que realmente hace que Dios mismo se mueva de su trono santo, 
para acercarse más a la tierra y bendecir toda vida del 
hombre, para que haya abundancia en su vida y no escasez. 

Pues Dios se acerca así a la vida del hombre con el fin, de 
comenzar a bendecir a todos sus siervos y a todas sus siervas 
fieles a él y al nombre bendito de su Árbol de vida, el Señor 
Jesucristo, en todas las naciones de la tierra, hasta que 
nadie se quede sin su bendición celestial y terrenal, 
también. Porque aquel o aquella que a su Dios sirve, por 
medio del espíritu de fe, del nombre santo de Jesucristo, 
entonces lo bendice día y noche y por siempre hasta que entré 
por fin a su lugar eterno, en el más allá, en su nueva ciudad 
celeste, La Gran Jerusalén Celestial e Infinita del nuevo 
reino de los cielos. 

Es decir, para que le siga sirviendo más y más que antes en 
su vida por la tierra, por ejemplo, en el espíritu y en la 
verdad infinita de su fruto de vida eterna, el Señor 
Jesucristo, su único y verdadero salvador y maestro de su 
nueva vida paradisíaca e infinita. Porque estos son los 
siervos y las siervas que Dios ha creado para que le sirvan 
sólo a Él, en el espíritu de obediencia eterna de su Ley 
Viviente en sus corazones, como en el corazón de su 
Jesucristo o como en el corazón de cada ángel, arcángel, 
serafín, querubín y demás seres santos de su reino celestial, 
por ejemplo.
 
EL RESUMEN DEL EVANGELIO: ES TEMER A DIOS Y A SU LEY ETERNA

La verdad es que, como lo fue con los antiguos, lo es también 
hoy en día con todo hombre, mujer, niño y niña, de la 
humanidad entera, de que tenemos que amar a nuestro Creador 
sobre todas las cosas, en nuestras vidas y en la vida de los 
demás, también. Porque el que no ama a su hermano ha quien 
ve, entonces como podrá amar verdaderamente a quien jamás ha 
visto, es decir, a nuestro Padre Celestial, a Dios. Es decir, 
también, que el resumen del discurso oído del evangelio de 
Dios y de Jesucristo, desde los días del paraíso y hasta 
nuestros tiempos en la tierra, es: Temer a Dios y guardar su 
nombre y su palabra, pues esto es el todo del hombre, en su 
vida por la tierra y posteriormente en el paraíso, por 
ejemplo. 

Porque Dios mismo traerá a juicio toda acción, junto con todo 
lo escondido, sea bueno o sea malo, para que sea juzgada bajo 
la luz de la verdad y de la justicia infinita de su Árbol de 
vida eterna, el Señor Jesucristo. Por eso, es honrado guardar 
el nombre de Dios junto con su palabra santa en nuestros 
corazones, para que sus bendiciones y los dones 
sobrenaturales de su Espíritu Santo siempre estén operando, 
para bien de cada uno de nosotros y de nuestros familiares, 
también, en todos los lugares del mundo y aun hasta en el más 
allá, en el cielo.

Visto que, en el espíritu del temor de Dios es que realmente 
vencemos al miedo del pecado y de sus muchos males eternos 
también, como enfermedades y sus muertes terribles en la 
tierra y en el más allá. Es decir, también, de que nosotros 
no tenemos que haber vivido como los antiguos, por ejemplo, 
en el pasado o en el más allá, para derrotar a cada una de 
las profundas tinieblas de Lucifer, que se lancen en contra 
de nosotros, para hacernos algún mal, porque le servimos a 
Dios. 

O más aun, porque sus  primeros enemigos, en el paraíso y en 
la tierra, también, han sido desde siempre cada unos de los 
descendientes de Adán, por ejemplo, por tan sólo haber sido 
formados por las manos de Dios, en  la imagen y conforme a la 
semejanza perfecta, del Árbol de vida, del reino de los 
cielos, ¡el Señor Jesucristo! Y si nosotros tenemos un 
enemigo tan cruel, sin corazón humano en su pecho, y que 
tiene el talento de matar a sangre fría a quien sea, porque 
simplemente no es de su agrado, entonces tenemos que vivir 
siempre con el nombre del Señor Jesucristo y con  los dones 
sobrenaturales de su Espíritu Santo, para protegernos y 
defendernos, por siempre. 

Para defendernos a capa y a espada de cada uno de sus ataques 
espirituales e inhumanos, hasta el fin, hasta que entremos de 
lleno a la presencia santa de nuestro Padre Celestial y de su 
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, que está en su 
nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como La Nueva 
Jerusalén Santa y Eterna. Es por esta razón, que nuestro Dios 
siempre nos ha dado primero de su Espíritu Santo, desde los 
primeros días del génesis de todas las cosas, en el paraíso y 
por toda la tierra, también, como génesis 1:3, por ejemplo. 

Para que entonces nosotros estemos saturados de sus muchos 
dones espirituales y poderes sobrenaturales, para derrotar 
una y otra vez y hasta el fin, a cada uno de los ataques y 
artimañas de Lucifer y de nuestros enemigos habituales, 
también, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra, 
de nuestros tiempos y de siempre. Porque nosotros ya hemos 
vencido al maligno con todos sus males eternos, en la tierra 
y en el más allá también, si tan sólo creemos en nuestros 
corazones a su Hijo amado y así confesamos su nombre santo, 
delante de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo, 
también, por ejemplo. 

Por eso, el cumplimiento de toda predicación del evangelio, 
de boca de los antiguos profetas, hombres y mujeres, 
ministros y siervos eternos, de Dios y de su Jesucristo, de 
nuestros tiempos y de siempre, por ejemplo, es de que si tan 
sólo hacemos la voluntad de Dios, en nuestros corazones y en 
nuestras almas vivientes, también, entonces no moriremos 
jamás. En realidad, viviremos por siempre para ver la vida y 
con sus muchas bendiciones celestiales del más allá, si tan 
sólo recibimos a su Hijo amado en nuestras vidas, para 
cumplir toda verdad y toda justicia infinita de su Ley 
Viviente, la Ley de Moisés y de la humanidad, la cual el 
Señor Jesucristo recibió en su día en Israel. 

Y, el Señor Jesucristo la recibió en su día de los israelíes, 
por ejemplo, por nacimiento santo, para cumplirla y honrarla 
eternamente y para siempre, no tanto en su vida, sino en la 
vida celestial de Adán y de cada uno de sus descendientes, en 
sus millares, por todos los lugares de la tierra, de nuestros 
días y de siempre. Porque sólo Jesucristo podía cumplir la 
Ley, en el corazón de Adán, si tan sólo le hubiese obedecido 
en sus primeros días de vida, en el paraíso, para que 
comiencen a ver la vida y no la muerte, como sucede hoy en 
día, en toda la tierra, en donde Jesucristo no es el Señor o 
salvador de muchos, desdichadamente. 

Por esta razón, es siempre muy apropiado honrar al Hijo amado 
de Dios en nuestros corazones, para que días buenos vengan 
por siempre a nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, 
también, como en la nueva gran ciudad eterna del gran rey 
Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el 
Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo, el Árbol 
de vida y de salud eterna, es la obediencia perfecta de los 
corazones de los ángeles y así también de los corazones del 
hombre y de la mujer de fe, de su nombre glorioso, para Dios 
y para su Espíritu Santo, en toda la vida santa del reino de 
los cielos, para siempre.
  
LA MISERICORDIA DE DIOS ES PARA LA ETERNIDAD

Entonces la misericordia de nuestro Padre Celestial es desde 
la eternidad y hasta la eternidad, sobre los que le temen y 
aman a su Jesucristo de todo corazón; por ello, su justicia 
divina ha de ser por siempre sobre los hijos de sus hijos, 
sobre los que guardan su pacto y se acuerdan de sus 
mandamientos, para ponerlos por obra. Porque el espíritu de 
temor de su Hijo amado, en el corazón del hombre, de la 
mujer, del niño y de la niña de toda la tierra, es lo que 
siempre ha movido a Dios a misericordia, desde siempre, desde 
los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros tiempos, 
para amar y bendecir. 

Es decir, para bendecir y para redimir a cada uno de ellos, 
según sea su amor y su reverencia para con su Hijo amado, el 
Señor Jesucristo, en sus corazones y en su diario vivir por 
toda la tierra. Por lo tanto, la misericordia de Dios muere 
delante del hombre pecador o delante de la mujer pecadora, si 
es el nombre del Señor Jesucristo ya no vive en su corazón, 
ni se menciona en sus labios, por ejemplo. 

Esto fue precisamente lo que le ocurrió a Lucifer y a cada 
uno de sus ángeles caídos, por ejemplo, cuando vivían en paz 
con Dios y con su Espíritu Santo, en el reino de los cielos. 
Porque el nombre santo del Señor Jesucristo ya no estaba en 
ninguno de sus corazones, como en el principio o como desde 
los primeros días de su creación, por ejemplo, por la palabra 
de Dios, en el reino de los cielos, sino que ahora el nombre 
inicuo de Lucifer reinaba en ellos y en sus mentes perdidas, 
también. 

Por lo tanto, cuando Lucifer y sus seguidores pecaron, al 
tratar de exaltar su nombre inicuo, más alto que el hombre 
del Señor Jesucristo, en la tierra santa del reino de Dios, 
la cual ha conocido desde siempre, sólo del espíritu de amor 
y de lealtad del Árbol de la vida eterna, entonces Dios no 
quiso jamás perdonar su pecado. Dios realmente cerro su 
corazón para con cada uno de ellos, por culpa de su gran 
maldad eterna, de haber tratado de reemplazar en el cielo y 
en la tierra, también, un nombre tan santo y tan sublime, 
como lo ha sido (y lo ha de ser) por siempre, el nombre del 
Señor Jesucristo, por un nombre si amor alguno. 
 
Porque sólo en el nombre del Señor Jesucristo es que 
realmente hay verdad y justicia infinita, de grandes poderes 
y de majestuosas justicias sobrenaturales, para bendecir y 
para redimir a todo ser creado, por la palabra y por las 
manos de Dios, como los somos nosotros en toda la tierra, 
descendientes directos del paraíso, de Adán y Eva, por 
ejemplo. Por esta razón, Dios no quiso castigar eternamente y 
para siempre al pecado de Adán y de Eva, en el día que 
comieron del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del 
bien y del mal, sino que Dios se mantuvo firme en su 
misericordia y les hablo con amor y con su justicia infinita, 
para que siguiesen viviendo. 

Amor y justicia sobrenatural, como la gracia salvadora e 
infinita de Dios, sólo posible en la vida gloriosa de su 
Árbol de vida eterna, su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en 
el corazón del hombre y de la mujer penitente. Y cuando Dios 
le hablaba a Adán, en su ira, por haber hecho lo malo, al 
comer del fruto prohibido, entonces también vio en el corazón 
de Adán, de que él si amaba a su Árbol de vida eterna, su 
salvador, el Señor Jesucristo; y, por tanto, decidió 
perdonarlo, pero no pudo dejarlo sin su castigo justo ante Él 
mismo. 
 
Es decir, que Dios no fue tan fuerte en contra de Adán ni de 
ninguno de sus descendientes, como Eva, por ejemplo, en 
aquella hora de juicio en el paraíso, sino que se mantuvo 
firme en su amor y en su misericordia, para volverles a dar 
una oportunidad más, para ver la vida eterna, en su nuevo más 
allá celestial. Y éste nuevo más allá celestial que Dios ya 
tenia planeado en su corazón formarlo en el futuro, era la 
nueva ciudad celestial de su Árbol de vida eterna o de su 
gran rey Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, 
¡el Señor Jesucristo! 

Porque en ésta ciudad infinita, con nuevas tierras y nuevos 
cielos, ha de ser para Dios manifestar su gran amor y 
misericordia eterna hacia cada uno de sus descendientes, 
comenzando con Adán, a quien amo primero, en el día de su 
formación, para luego traer a la vida eterna a sus hijos e 
hijas, de la nueva humanidad celestial. Y en ésta gran 
ciudad, de tierras y de cielos santísimos, Dios mismo 
manifestara en su día cada uno de sus frutos de su 
misericordia infinita, la cual siempre existido en su 
corazón, desde tiempos inmemoriales, como desde los primeros 
días de la eternidad, por ejemplo, si se pudiese decirlo así, 
cuando creaba su reino, junto con sus ángeles santísimos. 

Y estos frutos de la misericordia infinita de nuestro Padre 
Celestial han de ser muchos, como por ejemplo, nuestro Dios 
mismo nos ha de entregar mansiones con calles de oro, en 
donde hemos de vivir por los siglos de los siglos con él, 
gozando por siempre de la belleza infinita de su misericordia 
hacia cada uno de nosotros. Por tanto, viviremos con Dios, en 
estos nuevos lugares gloriosos, sólo con el propósito de 
honrarle y de exaltarle por siempre, por habernos perdonado 
nuestros pecados y transgresiones, para entonces entregarnos 
una salvación tan grande y tan gloriosa, que sólo su Árbol de 
vida eterna, la podía alcanzar para el corazón y para el alma 
viviente de todo hombre. 

Es decir, una salvación tan perfecta y tan honrada, 
únicamente alcanzada por la vida gloriosa de nuestro Señor 
Jesucristo para el corazón y para el alma viviente de cada 
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando 
con Adán y Eva, por ejemplo, para su nueva vida infinita y su 
nuevo reino celestial, en el más allá. Y ésta misericordia 
infinita de Dios y de su Jesucristo ha llegado a nuestros 
corazones y a nuestras vidas, también, por amor a los 
antiguos, para que se cumpla en todos nosotros, de los que 
hemos recibido el nombre santo de su Hijo amado, el Señor 
Jesucristo, cada una de sus buenas promesas celestiales, para 
gloria de su nombre santo. 

Promesas de bendición y de salvación eterna, que Dios mismo 
ha hecho hacia cada uno de todos nosotros, en todos los 
lugares de la tierra para que entonces entremos a su nueva 
vida infinita, en su nuevo reino celestial, sin ningún 
problema alguno, ni menos con el espíritu rebelde del pecado 
de Lucifer o de sus ángeles caídos. Porque en la nueva vida 
santa e infinita del nuevo reino de los cielos, cada uno de 
nosotros, en nuestros millares, de todas las naciones de la 
tierra, realmente ha de vivir en "la perfecta obediencia" de 
la Ley de Dios y de Moisés, cumplida y eternamente honrada en 
la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!

EL MUNDO MUERE CON SUS COSAS, PERO SU VERDAD PERMANECE 
SIEMPRE

Por lo tanto, habiendo dicho lo anterior, como el mundo está 
pasando y sus deseos, también; pero el que hace la voluntad 
de Dios permanece para siempre, en la tierra y en el paraíso. 
Es decir, de que después que se haya vivido, todo lo que se 
haya de vivir en la tierra, entonces sólo permanecerá la 
verdad y la justicia infinita, de Dios y de su gran rey 
Mesías, el Señor Jesucristo, en el corazón de cada hombre, 
mujer, niño y niña de la nueva humanidad celestial. 

Y todo lo demás ha de seguir su curso de perdición eterna, 
sin Cristo y sin vida, en el más allá, como en el bajo mundo 
del infierno o aun peor la segunda muerte final para todo ser 
que haya vivido, en el cielo o en la tierra, sin haber jamás 
recibido el nombre del Señor Jesucristo en su corazón. Y esto 
es muy doloroso para nuestro Dios, porque muchos se han de 
perder eternamente y para siempre, en el más allá, por no 
haber amado y obedecido al Señor Jesucristo en sus corazones, 
ni por haber besado su nombre santo con sus corazones y con 
sus labios, por ejemplo. 

Algo que, por cierto, Dios siempre esperaba de Adán y de Eva, 
en el paraíso, por ejemplo, pero no lo hicieron, por culpa de 
unas pocas palabras mentirosas en contra de Él, su único 
redentor de sus almas viviente, en el paraíso. (Porque Adán y 
cada uno de sus descendientes, en sus millares, en toda la 
creación, como Eva, por ejemplo, tenia que ser redimido por 
el Árbol de la vida eterna, el Señor Jesucristo, aunque 
estuviese viviendo con su Dios y Fundador de su vida 
celestial, en el paraíso del reino de los cielos.) 

Y como Adán ni Eva lo hizo, en el día que Dios los llamo para 
que lo hiciesen así, entonces tuvieron que morir en sus 
pecados ante él y ante sus huestes celestiales del reino, 
hasta que finalmente besaron al Árbol de la vida, con sus 
mismos cuerpos, secos y sin vida, sobre la cima de la roca 
eterna. Por eso, mi estimado hermano y mi estimada hermana, 
el llamado de nuestro Padre Celestial ha sido para ti, desde 
los primeros días de la antigüedad, mucho antes que fueses 
formado en sus manos santas, en su imagen y conforme a su 
semejanza celestial, para que le obedezcas sólo a él, en su 
Jesucristo. (Porque te aseguro que si aun vivieses en el 
paraíso tu vida celestial, aun así tendrías que "comer y 
beber" del Árbol de tu vida eterna, el Señor Jesucristo, para 
que entonces puedas seguir viviendo tu vida normal, en el 
paraíso o en el reino de los cielos, por ejemplo, o hasta en 
la tierra, de nuestros días, también.)

Porque todo aquel que cree en Jesucristo, entonces también le 
está creyendo verdaderamente a Él, al Dios y Fundador del 
cielo y de la tierra, para bendición y para salvación, en la 
tierra y en su nueva eternidad venidera, de su nuevo reino 
celestial, en el más allá de su Espíritu Santo y de su 
humanidad infinita, redimida por sangre. Por eso, sin esperar 
más, es mejor obedecer a Dios, por medio de su Jesucristo, 
antes que obedecer al hombre pecador o a la mujer pecadora, 
de toda la tierra, para no caer en pecado mortal ante Dios y 
ante su Espíritu Santo, por ejemplo, en nuestros corazones y 
en nuestras vidas por la tierra. 

Porque en el hombre no hay verdad ni justicia alguna en su 
corazón ni en toda su vida, por más honorable que sea o por 
más santa que sea, como Adán o los ángeles, a no ser que se 
arrepienta de su pecado y reciba al Señor Jesucristo, para 
que entonces pueda comenzar a vivir la vida eterna. Es decir, 
para que entonces comience a existir vida en abundancia en 
todo su ser, para gloria y para honra infinita de nuestro 
Padre Celestial que está en los cielos. 

Ya que, nuestro Dios se glorifica y se siente muy honrado en 
su corazón sagrado, cuando ve que el corazón del hombre tiene 
vida, la vida sagrada de su Jesucristo, para seguirla 
viviendo eternamente y por siempre, desde sus días de vida 
por la tierra y hasta entrar de lleno en su nuevo lugar 
eterno, en el reino de los cielos. Por lo tanto, todas las 
cosas han de pasar, como el pecado, para no volverlos a ver 
ni oír jamás, sino que sólo ha de seguir el curso de la vida 
infinita, de Dios y de su Árbol de vida eterna. 

Y de estos han de ser, en sus millares, de todos los 
descendientes de Adán, sólo de los que hayan honrado a su 
Dios en sus corazones y en sus vidas: al recibir al Señor 
Jesucristo, como su único y suficiente salvador de sus vidas, 
para siempre. Porque en el reino celestial, como en la nueva 
ciudad de Dios y de su gran rey Mesías, La Jerusalén 
Infinita, sólo existirá eternamente el espíritu y la vida 
obediente a Dios, a su Ley y a su fruto de vida eterna, 
Jesucristo, en el corazón de cada ángel, hombre, mujer, niño 
y niña, redimido por su fe, en Cristo.

CONOCEREMOS A DIOS, SI TAN SÓLO HONRAMOS SUS MANDAMIENTOS

Pues en esto sabemos muy bien, que nosotros le hemos conocido 
a nuestro Padre Celestial: en que guardamos sus mandamientos, 
en lo profundo de nuestros corazones, al retener con gran 
amor extraordinario e increíble: el nombre sagrado de su Hijo 
amado, el Señor Jesucristo. Porque el Señor Jesucristo es "la 
obediencia perfecta al cumplimiento y a la honra más sublime 
de la Ley de Dios", en el corazón de Dios, de su Espíritu 
Santo, de sus ángeles y de todo hombre, mujer, niño y niña, 
de la humanidad entera. 

Por lo tanto, el que dice: "Yo le conozco" y no guarda las 
palabras de su Ley Bendita, entonces se miente a sí mismo; y, 
por ello, la verdad, de ninguna manera está en su corazón o 
en ningún lugar de su vida en Él o en ella, por ejemplo. Pero 
en el que guarda su palabra, honrado la Ley con el nombre de 
Jesucristo en su corazón, entonces en éste verdaderamente el 
amor de Dios ha sido perfeccionado, para comenzar a vivir la 
vida eterna delante de su Padre Celestial y de sus huestes de 
ángeles santos, en la tierra y en el reino del cielo, 
también, para siempre. 

Por esto, sabemos que estamos en Él, por la obediencia 
perfecta a su Ley Santa, quien es su Hijo amado, vive en 
nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, hoy en día 
y por siempre, en la eternidad venidera de su nuevo reino 
celestial. Por esta razón, el que dice que cree en Él, 
entonces debe caminar por la tierra, como Él caminó, con el 
nombre de Dios en su corazón, para que las bendiciones 
celestiales y terrenales, no sólo sobreabunden en su vida, 
sino también en la de los demás, como a los suyos y amistades 
en general. 

Puesto que, Dios desea que su bendición, de perdón y de vida 
eterna, llegue al corazón de todo hombre, mujer, niño y niña 
de la humanidad entera, sin jamás hacer excepción de persona 
alguna. Porque su nuevo reino celestial está compuesto para 
todo ángel y todo hombre, mujer, niño y niña, fiel a Él, su 
Dios y Creador, por medio de la vida y de la gran obra 
sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo. 

Obra extraordinaria, con derramamiento de sangre santa, la 
cual lleva acabo Dios mismo con la vida de su único Hijo, en 
cumplimiento a la profecía de Abraham e Isaac, su hijo, sobre 
la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en 
Israel, para establecer de una vez por todas y para siempre: 
la obediencia eterna a Dios. Y esta obediencia sobrenatural a 
Dios, por medio del holocausto de la sangre santa, de su Hijo 
amado, ha sido para no sólo ponerle fin al pecado y a la 
rebelión, sino para hacer de todo hombre, mujer, niño y niña, 
"obediente a su Dios y a su Árbol de vida infinita", ¡el 
Señor Jesucristo!

Por lo tanto, el que tiene al Señor Jesucristo en su corazón 
y así lo confiesa con sus labios, entonces el espíritu de 
amor de Dios está en él o en ella, para seguir viviendo su 
vida, en la tierra y en el más allá, también. Como en su 
nuevo lugar del reino de Dios, por ejemplo, como la ciudad 
santa del gran rey Mesías, la Jerusalén Gloriosa, en donde 
sólo el amor a la Ley ha de vivir en el corazón de los 
ángeles y de los hombres y mujeres de la humanidad entera, 
para agradar a Dios por siempre, en su nueva vida celestial. 

Porque la verdad es que el que no ama a la Ley de Dios y de 
Moisés en su corazón, entonces no podrá jamás amar a 
Jesucristo, ni a su Espíritu Santo, delante de nuestro Padre 
Celestial, en la tierra, ni menos en el paraíso o en el nuevo 
reino de los cielos. Y este fue el pecado de Adán y Eva, en 
el cielo, por ejemplo, ante Dios y sus huestes celestiales. 
Porque el que no tiene el amor a la palabra de la Ley, 
cumplida en su corazón y en toda su alma viviente, también, 
entonces no podrá jamás tener en su espíritu humano: el 
verdadero espíritu de amor, para amar por siempre a Dios y a 
todas sus cosas, de su nueva ciudad celestial e infinita del 
cielo, por ejemplo. 

Y esto es muerte eterna, para aquel pecador o para aquella 
pecadora ante los ojos de nuestro Padre Celestial que sentado 
en su trono santo, siempre esperando que todo hombre, mujer, 
niño y niño, se llene su vida del espíritu obediente de la 
vida misma de su Jesucristo, como es el caso en los ángeles 
celestiales, de su reino eterno. Porque Dios jamás ha deseado 
la muerte de nadie, ni de ángel ni de hombre, sino la vida 
celestial e infinita de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, 
el único Árbol de vida para el corazón y para el alma 
viviente de todo ángel, de todo hombre y de toda mujer fiel, 
a su palabra y a su nombre santo.

OBEDECER A JESÚS, PARA DIOS ES MEJOR QUE TODOS LOS 
SACRIFICIOS 

Es por esta razón, que Samuel, por ejemplo, en su día 
preguntó francamente al pueblo de Dios: --¿Se complace tanto 
nuestro Padre Celestial en los holocaustos y en los 
sacrificios de sus manos, como en que la palabra de su 
corazón y de su Ley, sean obedecidas por todos? Ciertamente 
el obedecer es mejor que los sacrificios de la humanidad 
entera, y el prestar atención a su palabra y a su nombre 
santo, es mejor que las delicias de los carneros de los 
holocaustos de día y noche, les aseguraba Samuel a los 
hebreos. 

Porque todo sacrificio o holocausto de las manos de los 
hombres, si no es honrada en la vida gloriosa del "Cordero 
Escogido de Dios y de Moisés", antes o después del supremo 
sacrificio del Señor Jesucristo, sobre la cima de la roca 
eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, entonces no 
tiene ningún valor, en la vida del hombre. En verdad, es 
totalmente imposible que tenga algún valor espiritual para 
Dios, el sacrificio del hombre, sin la sangre del "Cordero 
Escogido de Dios", el Señor Jesucristo, en la tierra, ni 
menos en el reino de los cielos, para bendecir y salvaguardar 
su alma viviente de todo hombre de la tierra, de hoy en día y 
de siempre, por ejemplo. 

Visto que, en los días de la antigüedad, los sacrificios de 
ovejas, corderos, vacas y demás animales escogidos 
especialmente para los holocaustos diarios a Dios sobre su 
altar, eran santificados, no sólo por honrar y obedecer a la 
palabra de Dios, sino por su nombre y por la vida misma del 
gran "Cordero Celestial", el Hijo de David, el Cristo. Porque 
lo que "verdaderamente santificaba los miles de sacrificios", 
que Israel le ofrecía a Dios día y noche, de manos de sus 
familias hebreas, era la presencia gloriosa del gran rey 
Mesías, el Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el 
Señor Jesucristo!; y Israel vivía día y noche por ésta gran 
bendición sobrenatural en la vida de sus gentíos. 

Por lo tanto, Dios veía con gran agrado de su corazón, a cada 
uno de los sacrificios de Israel, para alcanzar el perdón de 
sus pecados y para recibir todas sus bendiciones que 
necesitaban en sus vidas, para seguir caminando victoriosos 
sobre sus enemigos por el desierto, hasta entrar a la nueva 
vida mesiánica, de la tierra escogida de Canaán. Porque la 
verdad es que si Israel no hubiese comenzado a ofrecer sus 
sacrificios a su Dios y Fundador de sus familias, en la 
tierra de su cautividad, Egipto, o por su camino a la tierra 
prometida de Israel, por el desierto, entonces jamás hubiesen 
llegado a existir, como nación, hasta el día de hoy, por 
ejemplo. 

Pero gracias a Dios y a cada uno de los sacrificios de los 
corderos y de los carneros de las manadas de Israel, sobre el 
altar de Dios, en el nombre glorioso del gran rey Mesías, el 
Santo de Israel, entonces hoy en día viven para alcanzar la 
bendición y la vida eterna del Fundador de su nación eterna. 
Y es por ésta fe sobrenatural, de los millares de sacrificios 
que los hebreos ejecutaron, comenzando con el de Moisés, en 
Egipto y por su desierto, por ejemplo, para obedecer al 
llamado de Dios, para que se cumpla su voluntad perfecta en 
cada uno de ellos, para vida y salud eterna, no sólo para 
Israel, sino para la humanidad entera. 

Y esta voluntad perfecta de Dios, para con cada uno de los 
hebreos y de las hebras y así también para todas las familias 
del mundo entero, fue de que su Hijo amado llegase a ser una 
gran realidad en sus corazones y en sus vidas, también, para 
que sus pecados les sean perdonados y no mueran jamás. Porque 
sin el primer sacrificio de Moisés, por ejemplo, en la tierra 
de Egipto, entonces los hebreos hubiesen seguido viviendo en 
las profundas tinieblas de sus pecados, para luego morir en 
las manos de sus enemigos, para perderse definitivamente 
entre las tinieblas del más allá, sin Cristo y sin esperanza 
de vida eterna en sus corazones, para siempre. 

Y Dios no quería éste terrible mal para Israel, ni para 
ningún hombre o mujer de la humanidad entera, sino todo lo 
contrario. Dios quería que todos ellos fuesen perdonados de 
sus pecados, por el sacrificio perfecto de la sangre gloriosa 
de su Jesucristo, sobre su altar celestial de la roca eterna, 
en las afueras de Jerusalén, en su tierra escogida, para 
ponerle fin al pecado de todas las familias, razas, pueblos, 
linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, comenzando 
con Israel. 

Entonces Israel se libro del mal eterno, de sus enemigos 
antiguos, por ejemplo, porque Moisés oyó la voz de aquel que 
le hablaba desde la zarza que ardía sobre el Sinaí y le 
obedeció; le obedeció de corazón y a ciegas también, sin 
saber nada de él, hasta que el Espíritu de Dios se lo 
manifestase a su vida. Y por ésta obediencia a la voz de 
aquel que le hablaba de entre el fuego de la zarza que ardía, 
pero no hacia daño alguno a nada ni a nadie, entonces Moisés 
pudo proféticamente, hasta cierto grado espiritual, finalizar 
el primer sacrificio, como el de Abraham y de Isaac sobre el 
Moriah, por ejemplo, para complacer a Dios. 

Y sólo así entonces abrir las puertas de la libertad para 
Israel en Egipto y por su desierto candente y sumamente 
peligroso para toda vida humana, hasta que por fin entren en 
la tierra prometida de Canaán, Israel. Para que en los días 
posteriores ver cara a cara, aquel que le había hablado a 
Moisés, desde la zarza y el fuego: Sólo liberación eterna 
para sus almas sufridas bajo el yudo de sus verdugos eternos, 
para que caminasen por el desierto en contra de la voluntad, 
de Lucifer y de sus enemigos eternos. 

Enemigos que lucharon con sus ejércitos en contra de Israel 
día y noche, para que no llegasen a la tierra prometida y se 
encontrasen con su Árbol de vida eterna, el Hijo de David, el 
gran rey Mesías de sus vidas y de la vida eterna del más 
allá, de la nueva ciudad celestial, La Gran Jerusalén Santa e 
Infinita. Entonces tanto como Moisés y como Israel en 
general, obedecieron a la voz del Señor Jesucristo, cuando 
les hablaba desde la zarza ardiente sobre el Sinaí, y sólo 
entonces comenzaron a ser hechos libres de sus pecados y de 
sus condenas eternas, también, para comenzar a ver la vida 
paradisíaca, en la tierra y en la Jerusalén Celestial, 
también. 

Y esto es lo mismo que hoy en día, cada uno de nosotros, en 
todos los lugares de la tierra, tiene que hacer para comenzar 
a obedecer, a la voz de Dios, que se levanto para entrar al 
corazón de Moisés y de todo hombre de la humanidad entera, 
desde la zarza que ardía sobre la cima del Sinaí. La zarza 
que ardía con fuego celestial, que no quemaba nada en su 
derredor, pero si nuestros pecados y sus muchas tinieblas, 
para trasladarnos de la tierra de la muerte, a la tierra de 
la luz más brillante que el sol y llena de vida eterna del 
Árbol de la vida, el Señor Jesucristo, el único posible 
salvador del mundo.

DE LARGA VIDA SON LOS QUE AMAN LA LEY, DE DIOS Y DE SU 
JESUCRISTO

Por esta razón, mi estimado hermano y mi estimada hermana, no 
te olvides jamás de la palabra y del nombre bendito del Señor 
Jesucristo en tu corazón; y, además, esconde en tu corazón 
también los mandamientos sagrados de la vida eterna de la Ley 
viviente, del reino de los cielos. Porque abundancia de días 
y años de vida y bienestar te serán aumentada por su espíritu 
de vida y de salud eterna en la tierra, así como en el cielo 
con sus ángeles, pues así también contigo y con los tuyos, si 
tan sólo le eres fiel a sus decretos en tu corazón y en toda 
tu alma viviente. 

Por cuanto, la instrucción de nuestro Padre Celestial para 
nuestras vidas es realmente más vida y vida en abundancia con 
muchas si no todas sus bendiciones en la tierra, mucho antes 
de entrar a la tierra santa de la nueva vida infinita, del 
nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque Dios ama 
eternamente y para siempre a todo aquel que honra el nombre 
sagrado de su Hijo amado, en su corazón. Y de él, Dios jamás 
se ha de olvidar, sino que siempre lo ha de tener en su 
pensamiento, no para juicio o mal alguno, sino para bien de 
su vida y de los suyos, en todos los lugares de la tierra y 
hasta en el más allá de la muerte, también. 

Porque de ellos es el reino de los cielos, con todas sus más 
ricas y gloriosas riquezas, de su vida santa y de la vida 
honrada de su Árbol de vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor 
Jesucristo! En vista de que, todo aquel que ama a su Hijo 
amado, entonces significa que también lo ha de amar a él con 
su Ley Bendita, en su corazón y en todos los días de su vida, 
por la tierra y en su nuevo lugar eterno, en el reino de los 
cielos. Por lo tanto, la palabra de la Ley de Dios, en el 
corazón de aquel hombre o mujer, del espíritu de la fe, del 
nombre del Señor Jesucristo siempre ha de ser bendecido, con 
todos los suyos día y noche por su Dios y Creador de su vida, 
en la tierra y en el cielo, también, para siempre. 
b
Ya que, los que aman a Dios y a su Árbol de vida eterna, el 
Señor Jesucristo, entonces la Ley también les ha de amar por 
siempre, para bendecirlos, para protegerlos y para 
entregarles sus más ricos dones sobrenaturales, de la palabra 
de su Espíritu de vida eterna, en la tierra y en el paraíso, 
también, por siempre. Es por eso, que para Dios un hombre, 
mujer, niño o niña de toda la humanidad entera, que ame a su 
Jesucristo en su corazón, entonces ha de ser amado y por 
siempre bendecido, también, por nuestro Padre Celestial y por 
cada mandamiento de la Ley Viviente de Moisés y de Israel, en 
esta vida y en la venidera. 

Pero los que no aman a Dios, ha de ser porque no pueden amar 
a su Jesucristo ni a su palabra viviente, la Ley Eterna y 
perfecta de la vida santa del reino de los cielos, para todo 
hombre, mujer, niño niña y ángel del espíritu de fe, del 
nombre sagrado de su bendición infinita, ¡el Señor 
Jesucristo! Y todo aquel que no ame a su Padre Celestial que 
esta en los cielos, entonces no podrá jamás ver la vida 
eterna de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, sino que la 
perdición perpetua, del mundo bajo del infierno lo espera, 
como siempre, para recibirlo y jamás dejarlo escapar su 
castigo eterno, en el más allá. 
 
Realmente, el alma perdida, de todo pecador y pecadora de la 
tierra, ha de sufrir tormentos eternos, en su corazón y en su 
alma viviente, porque pudiendo haber recibido en su corazón a 
su salvador infinito, entonces no lo hizo, sino que lo 
rechazo, como Adán lo hizo por engaño de Lucifer, en su día 
de rebelión, en el paraíso. Es por eso, que hoy en día, como 
en los días de la antigüedad, por ejemplo, Dios ha estado 
llamando a todo hombre, mujer, niño y niña, que se mantenga 
firme en el don del perdón de sus pecados y de la salvación 
infinita de Dios y de su Ley Bendita. 

Para que entonces cuando le llegue el día y la hora de ver a 
su salvador eterno cara a cara, como los antiguos profetas, 
apóstoles y discípulos le vieron en el día de su 
manifestación, en la tierra de Israel, por ejemplo, entonces 
sea así en aquel día, sin más demora alguna. En verdad, cada 
uno de los fieles, al nombre del Señor Jesucristo y a la Ley 
Infinita de Dios en su corazón, le ha de ver por fin, tal 
como siempre ha sido Él, desde mucho antes de la fundación 
del cielo y de la tierra y de todo ser viviente sobre ella, 
el Señor Jesucristo. 

Porque ciertamente abundancia de vida y de salud infinita ha 
de vivir todo aquel que ame a su Dios y a su Ley Bendita, en 
la vida sagrada de su Árbol de vida, en el paraíso o en la 
tierra de nuestros tiempos, por ejemplo, para alcanzar 
mayores glorias y honras de la nueva vida celestial del reino 
de Dios. Y ésta nueva vida eterna de Dios y de sus huestes 
celestiales, en el más allá del nuevo reino infinito, es de 
cada uno de nosotros, también, si tan sólo le somos fieles a 
su Ley Bendita, cumplida y sumamente honrada, en la vida y en 
la sangre de nuestro salvador Jesucristo, el Santo de Israel 
y de las naciones. 

Entonces si amas a Dios, ha de ser porque amas a su Ley 
cumplida y eternamente honrada en su Árbol de vida, en el 
paraíso, en las afueras de Jerusalén, en Israel, sobre la 
cima de la roca eterna y de nuevo en las alturas de su nuevo 
reino celestial, de su nueva eternidad venidera, La Gran 
Jerusalén Celestial. Porque la verdad celestial es, que si no 
amas a su Ley, entonces jamás amaras a su Jesucristo, quien 
la vivió, la cumplió y la honro para gloria de Dios y para 
vida y salud eterna, de todo ángel del cielo, hombre, mujer, 
niño y niña, de la humanidad entera, por ejemplo, de hoy y de 
siempre, en el cielo.

AMAR A CRISTO ES AMAR A DIOS / SEGUIR A CRISTO ES SEGUIR A 
DIOS

En verdad, el que no puede amar a la Ley de Dios y de su 
Espíritu de vida eterna, tampoco podrá amar a Jesucristo, en 
la tierra ni menos en el más allá, como en el nuevo reino de 
los cielos o el paraíso celestial, por ejemplo. Y el que no 
ama a Jesucristo, no podrá amar a su Dios y Creador de su 
vida, por más que lo desee hacer así en su corazón y en su 
vida de otra forma extraña a toda verdad y a toda justicia 
celestial. 

Pues desgraciadamente, aquel hombre pecador está en profundas 
tinieblas con su corazón perdido, en el espíritu de las 
palabras mentirosas de Lucifer, en la tierra y en el 
infierno, para siempre, para jamás volver a tener la 
oportunidad de obedecer a Dios y ver la vida eterna de su 
Árbol de vida, el Señor Jesucristo. Y Dios desea salvar su 
alma a como de lugar, sólo si recibe en su corazón, por el 
espíritu de fe, y de la invocación de su nombre santo, al 
Señor Jesucristo, para que sus pecados les sean borrados y 
perdonada su alma de todo mal, en la tierra y en el paraíso, 
también, para siempre. 

Es por eso, que para Dios el Señor Jesucristo es la esencia, 
la fragancia, de su perfecta voluntad en el corazón y en la 
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad 
entera, comenzando con la Casa de Israel, por ejemplo. Porque 
Dios comenzó la bendición del perdón y la salvación del alma 
del hombre, con la sangre de su Cordero Escogido y con las 
tablas de su Ley, en las manos de Moisés, por ejemplo, para 
levantar la vida sagrada de su Hijo, en el corazón de cada 
uno de sus hijos y de sus hijas, en toda la tierra. 

Y es por eso, que la palabra de Jesucristo ha llegado a cada 
uno de nosotros, de una manera u otra, a tiempo y fuera de 
tiempo, y hasta como de lugar, también y sin cesar, para 
despertarnos a la gran bendición, de la obediencia perfecta e 
infinita de Dios, la cual sólo es posible en nuestros 
corazones con Jesucristo. Y el Señor Jesucristo está vivo en 
el reino de los cielos, sentado por siempre a la diestra de 
nuestro Padre Celestial, porque al Tercer Día resucito de 
entre los muertos, para darnos vida y vida en abundancia, en 
la tierra y en el paraíso, también, hoy en día y por siempre, 
para la eternidad venidera. 

Y esto es, hoy en día, vida nueva e infinita de su nuevo 
amanecer, de nuestros corazones y de nuestras almas 
vivientes, también, en la gran ciudad celestial, como La 
Nueva Jerusalén Santa y Eterna del reino de los cielos, del 
gran rey Mesías, el Señor Jesucristo, por ejemplo. Por eso, 
es que el Señor Jesucristo siempre les dijo a los israelíes, 
por ejemplo, en sus días de predicación del evangelio, en 
Israel: Todo aquel que hace la voluntad de mi Padre Celestial 
que está en los cielos, entonces ese es mi hermano, mi 
hermana y hasta mi misma madre, también, en la tierra y en el 
cielo, para siempre. 

Entonces si el Señor Jesucristo está en tu vida, no temas por 
ninguna razón, ni por ningún mal del enemigo terrenal y del 
más allá, también, porque Dios te ama mucho con su amor 
eterno y nunca jamás te abandonara, en esta vida ni en la 
venidera, para siempre. Porque ser el hermano o la hermana o 
la madre del Señor Jesucristo, para Dios es lo mismo que 
estar amándolo a Él mismo, el Señor Jesucristo, y no a otro 
extraño, en su corazón santo y todos los días de su vida 
santa, en el reino de los cielos. 

Y esto ha de ser contigo mismo, como en los días de la 
antigüedad, o como desde siempre Dios ha amado a su Hijo 
Santo, en gran manera espiritual, pues así ha de ser contigo 
en todos tus días, si tan sólo le eres fiel a Él, el que ama 
tu alma, con todo el amor de su corazón viviente. Es más, 
esto es un misterio sobrenatural: El amor de la vida de 
nuestro Padre Celestial, el Todopoderoso del cielo y de la 
tierra, que siente por ti, como su único y perfecto amor de 
su corazón, para siempre; y no te ha de abandonar jamás, por 
ninguna razón del mundo o del paraíso, como sucedió con Adán 
y Eva. 

Esto es algo que Dios mismo siempre se lo demostró al hombre 
a través de los tiempos, para que le conozcan a él, tal como 
él siempre ha sido para con sus ángeles y para con cada 
hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando 
con Adán y Eva, en sus vidas celestiales del paraíso, por 
ejemplo. Con esto te estoy aclarando, que el amor de Dios 
para ti, no es nada nuevo, comenzó millares de años atrás, a 
través desde los primeros días de la antigüedad, mucho antes 
de haber creado el reino de los cielos, el paraíso y toda la 
tierra, de nuestros días, por ejemplo. 

Y el día, cuando realmente Dios demostró su amor por ti, como 
único y muy de él, por ejemplo, fue cuando se entrega 
totalmente al sacrificio perfecto, para redimir tu alma de 
los poderes del pecado y de su ángel de la muerte, en la 
tierra y en el más allá, como en el infierno y el lago de 
fuego. En éste día histórico para Dios y para la humanidad 
entera, el Señor Jesucristo en obediencia suprema a la 
perfecta voluntad de Dios, entonces entrega toda su sangre 
para entregártela a ti, sólo llena de vida infinita y de sus 
muchas bendiciones sobrenaturales, de la tierra santa del 
reino de los cielos y de sus huestes de ángeles santos. 

Para que en el futuro no muy lejano, por cierto, entonces 
puedas entrar tú también junto con los tuyos a la vida 
celestial, por la cual Dios te ha formado en sus manos santas 
y te ha llamado de las profundas tinieblas a su luz más 
resplandeciente que el sol de nuestro cosmos, por ejemplo. 
Para que entonces ya no veas tu vida en las tinieblas de 
siempre de Lucifer y de sus partidarios, sino que veas tu 
nueva vida, en la luz viviente de tu salvador eterno, su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo! 

Dado que, Dios no te ha llamado a la vida de la tierra, a que 
seas esclavo de nadie, sino sólo fiel a su verdad y a su 
justicia infinita, las cuales se encuentran en la vida y en 
el nombre santo de su Jesucristo, por ejemplo, en tu corazón 
y en toda tu alma viviente, también. Porque la verdad es que 
todo aquel que se entrega para obedecerle, entonces esclavo 
es para aquella persona (o personas), que quizás no ame a 
Dios ni tenga el temor de su nombre santo viviendo en su 
corazón, por ejemplo. 

Porque los que se hacen siervos de gentes impías, por 
voluntad propia, entonces han rechazado al dador de la vida 
eterna, al Señor Jesucristo, para maldición y perdición 
infinita de sus vidas, en el infierno. Es por eso, que es muy 
bueno que el hombre siempre ame a su Jesucristo en su 
corazón, para honrar y alegrar el corazón santo de Dios que 
está en los cielos; es decir, vivir por siempre feliz, sin 
jamás abandonar a Jesucristo por ninguna razón, en su corazón 
o en su vida, por más justificable que sea, esa razón. 

Porque además de ser obediencia perfecta el Señor Jesucristo 
para Dios, desde el corazón del hombre para obedecerle y 
cumplir su palabra y voluntad infinita en su vida, pues 
también es nuestro salvador eterno "justicia inagotable", en 
la tierra y para la eternidad, en el nuevo reino de los 
cielos, para ángeles, mujeres, niños y niñas de la humanidad 
entera. Por lo tanto, el resumen de toda exposición de la 
palabra de vida, del evangelio de nuestro gran rey Mesías, el 
Hijo de David, el Cristo Rey de Israel y de las naciones, es 
de temer a nuestro Padre Celestial de todo corazón, guardando 
por siempre sus mandamientos y su nombre bendito en nuestros 
espíritus humanos y en nuestras vidas. 

Amén, así sea contigo y con los tuyos, mi estimado hermano y 
mi estimada hermana, "la única obediencia posible y perfecta 
de nuestro Padre Celestial, el Señor Jesucristo, viviendo en 
tu corazón por siempre", en la tierra y en el nuevo reino de 
los cielos.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su 
Jesucristo es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en 
el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, 
Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras 
almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y 
sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para 
siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el 
Señor Jesucristo.

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo 
a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un 
tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en 
tu vida de acuerdo, a la voluntad perfecta del Padre 
Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un 
fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de 
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos 
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es 
verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán 
atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego 
del infierno, por haber desobedecido a la ley viviente de 
Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí 
contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. 
Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en 
Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos 
de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de 
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de 
los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque 
en el reino de Dios su ley santa es de día en día honrada y 
exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos 
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada 
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, 
cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de 
bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, 
cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada 
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas 
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa 
del más allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo 
amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de 
las naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en 
tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en 
abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha 
venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde 
los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". 

SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza 
de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni 
en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas 
ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios 
celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, 
sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me 
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a 
los que me aman y guardan mis mandamientos". 
 
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová 
tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre 
en vano". 

CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para 
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero 
el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en 
ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu 
siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está 
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los 
cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y 
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del 
sábado y lo santificó". 
 
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que 
tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te 
da". 
 
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". 

SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". 

OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". 

NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de 
tu prójimo". 
 
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no 
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su 
sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu 
prójimo". 

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos 
estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno 
de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por 
amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los 
tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus 
ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, 
en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, 
también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de 
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde 
los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, 
en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos 
males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en 
abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas 
familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor 
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y 
digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de 
la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y 
salvador de todas nuestras almas: 

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la 
memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo 
amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el 
cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, 
dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también 
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en 
tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el 
poder y la gloria por todos los siglos. Amén. 

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre 
Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no 
perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará 
vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la 
VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, 
sino es POR MÍ". Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY! 

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. 

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA 
TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de 
éste MUNDO y su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al 
tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que 
entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ 
DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: 
Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que 
Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi 
pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a 
venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No 
_____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de 
una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con 
Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate 
en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y 
sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es 
predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de 
Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros 
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del 
evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender 
mas de Jesús y su palabra sagrada, la Biblia. Libros 
cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes 
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, 
entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, 
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que 
te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, 
para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su 
Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de 
hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la 
paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras 
oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo 
hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras 
bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y 
nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos 
los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y 
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis 
hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre 
Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en 
el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. 

El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el 
Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y 
asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de 
Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda 
letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo 
corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y 
loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, 
como antes y como siempre, por la eternidad.



http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?
playertype=wm%20%20/// 




http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx




http://radioalerta.com
date: Mon, 4 Dec 2006 01:25:40 +0000 (UTC)   author:   IVAN VALAREZO

Google
 
Web myreader.co.uk


    COPYRIGHT 2007, YARDI TECHNOLOGY LIMITED, ALL RIGHT RESERVE  |   contact us